La desinformación no es un fenómeno nuevo. Pero la digitalización de la comunicación ha cambiado las condiciones de su propagación. Su producción se ha simplificado y puede distribuirse fácilmente a través de unas pocas plataformas gigantescas. Los gobiernos y la Comisión Europea intentan frenar la propagación de la desinformación y la propaganda digital mediante regulaciones. Pero la regulación por sí sola no basta. El espacio del discurso digital requiere infraestructuras y plataformas públicas que, como una plaza pública, sirvan al bien común y no principalmente a intereses comerciales o políticos individuales. Necesitamos espacios digitales donde quienes los utilizan negocien cómo se diseñan y controlan. Un ejemplo de cómo esto ha funcionado bien en todo el mundo durante veinte años es Wikipedia.

