La mayoría de los niños nacen con un instinto explorador: se agachan junto a las hormigas, se maravillan ante las arañas y se sorprenden ante las criaturas más pequeñas. Sin embargo, en algún momento del camino, esa curiosidad desaparece silenciosamente, sustituida por el miedo, el asco o la simple indiferencia. Este artículo analiza cómo se produce ese cambio —a través de las reacciones de los adultos, las historias que contamos y las palabras que utilizamos— y por qué tiene una importancia que va mucho más allá de nuestra mera actitud hacia los insectos. Basándose en investigaciones sobre psicología infantil y educación medioambiental, defiende que la relación de un niño con el mundo vivo no es un detalle menor de la infancia, sino una base para la imaginación, la empatía y la conciencia ecológica. También presenta el programa «Nature Explorer», una experiencia de aprendizaje práctico para niños de entre tres y diez años, que utiliza la narración de historias, la observación, el arte y el movimiento para despertar de nuevo ese sentido original de asombro, de modo que el mundo vivo cuente con personas que aún sean capaces de verlo de verdad.

