Vivimos tiempos paradójicos. Como hemos discutido en ediciones anteriores de esta revista, la crisis climática se ha vuelto cada vez más visible e innegable. Sin embargo, cuanto más claros aparecen sus impactos, más lejos parecemos estar de encontrar una verdadera salida al colapso civilizatorio que la produjo. La ilusión de un solo mundo guiado por el progreso y el desarrollo se ha derrumbado. Hoy, el capitalismo ya no se sostiene principalmente a través de la producción, sino mediante la canibalización de la reproducción: devorar, destruir y sacrificar para generar ganancias. La dialéctica del valor y del desecho atraviesa todas las dimensiones de la vida, revelando que el sacrificio no es una anomalía ni una “externalidad”, sino el ADN mismo del capitalismo. Desde Gaza —epítome brutal del colonialismo de asentamiento y del colapso de las promesas liberales de multiculturalidad y reconocimiento— hasta los territorios transformados en enclaves extractivos —en el Norte y en el Sur por igual— en nombre de una “transición verde”, lo que está en juego es nada menos que el fin de las promesas de la modernidad y la menguante hegemonía de Occidente.

