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Art 72. Envidia de la buena

En la ruralidad de Reitoca, Honduras, la organización COSECHA impulsa un relevo generacional campesino. Jóvenes, algunos de ellos retornando de la ciudad, se integran a la agricultura sostenible con acompañamiento técnico, trabajo colectivo y una sana competencia. A través de incentivos, acceso a tierra e ingresos propios, transforman la migración en arraigo, demostrando que el campo también puede ser horizonte de futuro y espacio de dignidad.
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Sembrar futuro en tiempos de sequía

Viajando desde la capital hondureña, Tegucigalpa, hacia Reitoca, un municipio situado a dos horas en carro, al sur del departamento de Francisco Morazán, llama la atención la vegetación tupida y verde. Katty Sánchez, de COSECHA —organización que desde hace más de 30 años acompaña a familias y grupos rurales de esta región centroamericana, facilitando conocimientos y promoviendo procesos comunitarios agroecológicos— explica que este esplendor solo se da durante la época de lluvias: “Uno de los problemas de esta región es el exceso de agua en periodos cortos y los largos periodos de sequía”.

Al llegar al caserío Junquillo, visitamos a Santos Blandín y a su familia. Fredy, el hijo mayor, de 25 años, ya esperaba con ansiedad nuestra visita. En el camino, de la casa a las parcelas de padre e hijo, Fredy cuenta su historia. Él, siendo aún muy joven, migró a la capital para trabajar en la construcción. La pandemia lo hizo regresar, como a tantas otras personas que habían buscado oportunidades en la ciudad.

La organización COSECHA ya llevaba años trabajando con las familias y, frente a la situación de muchos jóvenes que —tras volver al campo por la pandemia— no sabían cómo ocupar su tiempo, supo leer el momento. Propuso a los padres ceder a sus hijos adolescentes un pequeño pedazo de tierra para sembrar y comenzar su camino en la agricultura. Ese gesto sencillo abrió un proceso profundo: el relevo generacional de la agricultura sostenible en la zona.

Romper paradigmas

Paradigmas como aquel que afirma que no hay remedio frente a la migración de jóvenes del campo hacia la ciudad actúan como frenos que impiden imaginar otros futuros posibles. Sin embargo, cuando se analizan los factores que obstaculizan y perpetúan estas tendencias —muchas veces asumidas como inevitables— se abren caminos para transformarlas.

¿Has tenido la experiencia de identificar, cuestionar y desmontar paradigmas que parecían inamovibles? ¿En qué ámbito de tu vida o de tu comunidad podrías iniciar un proceso similar de transformación?

Cosecha de agua

“Como ayudé mucho a mi abuelo, él me cedió este pedazo de tierra que ahora es mi parcela”, cuenta Fredy. Al principio era muy tímido; le costaba hablar con personas ajenas, muy distinto a cómo se expresa hoy durante nuestra visita. Sus primeros pasos se centraron en trabajar el manejo del agua y la fertilidad del suelo.
Con el acompañamiento de Jorge, un técnico, comenzó fortaleciendo el suelo: conservación, construcción de terrazas y control de la erosión. Con el tiempo empezó a notar mayor humedad en la tierra, lo que despertó su curiosidad por la presencia de agua. Recordaba haber escuchado en otras comunidades sobre la cosecha de agua, así que decidió explorar esa posibilidad. Cuatro años después de haber iniciado la construcción de las terrazas, el pozo que excavó mantiene agua de forma permanente. Este logro surge directamente de la conservación del suelo y de la infiltración sostenida del agua de lluvia. “Me acuerdo qué trabajaba en la excavación del pozo y en las terrazas hasta que el dolor de mis muñecas me obligaba a descansar un rato”, recuerda. El proceso transformó profundamente a Fredy. A pesar de su timidez inicial, terminó convirtiéndose en líder de un grupo de nueve jóvenes del caserío, entre muchachas y muchachos. Animándose mutuamente, conformaron un grupo que sigue activo hasta hoy.

Para que los jóvenes lograran introducirse en la agricultura sostenible, confluyeron varios factores. La pandemia provocó el retorno de algunos desde la ciudad hacia sus comunidades de origen. En diálogos impulsados por COSECHA con las familias, muchos padres aceptaron ceder a sus hijas e hijos un pequeño pedazo de tierra para sembrar. Por lo general, el traspaso de tierra a la siguiente generación ocurre solo tras la muerte de los mayores, lo que deja a la juventud sin acceso y empuja a muchos a migrar a la ciudad o al norte (Estados Unidos). A esto se suma una paradoja dolorosa: con frecuencia son los propios padres quienes animan a sus hijos a buscar oportunidades fuera, desvalorizando la agricultura y la vida en el campo.

Los jóvenes se organizaron en grupos y buscaron el acompañamiento de personas adultas pioneras en agricultura sostenible. Dado que COSECHA llevaba años trabajando temas como la no quema, la cosecha de agua, el rescate de semillas criollas, la fertilidad del suelo, la elaboración de abonos y el control biológico de plagas, fue posible encontrar tutores con facilidad. “Nos ayudó mucho trabajar en mano vuelta y aportar cuotas mensuales a un fondo común. Nuestro grupo se llama Semilleros de Futuro. Lo que más nos motivó y despertó el interés de otros jóvenes fue un campeonato donde obtuvimos el tercer lugar. El premio en dinero no lo repartimos: lo sumamos al fondo de ahorro y crédito para poder sacar préstamos para las siembras”, relata Fredy con un orgullo sano y reconfortante.

Competir sembrando, no migrando

El proceso, ya encaminado, de motivar a jóvenes del campo a dedicarse al cultivo y a buscar su sustento en la agricultura ha sido uno de los grandes aciertos del trabajo de COSECHA. Katty, economista aplicada e hija de campesinos, explica: “En mi criterio, ha sido decisivo que los jóvenes, por acuerdo con sus familias, hayan podido quedarse con los ingresos obtenidos en sus parcelas. Obviamente apoyan a sus hogares, pero pueden destinar una buena parte a cubrir sus propias necesidades e incluso algunos gustos. Y quienes ya han vivido y trabajado en la ciudad saben que allá se gasta en un día lo que apenas se gana. Con sus sembradíos no obtienen ingresos diarios, pero al momento de la cosecha, vendiendo maíz, frijol o frutas a buen precio, logran reunir montos que en la ciudad ni después de dos años podrían ahorrar”. Varios jóvenes, además de comprar ropa de su gusto, han adquirido celulares. Fredy, por su parte, decidió invertir en una motocicleta: “Lo pensé con mi padre y decidí comprar una moto que también sirve para transportar carga. Así me genera ingresos, no solo gastos”.
Los campeonatos son otra de las iniciativas impulsadas por COSECHA. Consisten en caravanas de visitas recíprocas entre los distintos grupos de jóvenes que se han incorporado a la agricultura sostenible. Más que una competencia convencional, se trata de un proceso formativo: los equipos se desafían a construir parcelas o huertos bien diseñados, con producción diversa y manejo agroecológico. Posteriormente se realizan giras de intercambio para evaluar, con criterios aprendidos colectivamente, el desempeño de cada grupo. Estas visitas itinerantes resultan altamente motivadoras y, al mismo tiempo, han permitido invitar a jóvenes de otros caseríos y zonas, despertando curiosidad y el deseo de replicar la experiencia. Es la metodología de “campesino a campesino”, practicada por COSECHA desde sus inicios.
Los campeonatos, simbólicamente, se juegan en las parcelas como si fueran canchas. Los premios para los primeros lugares consisten en dinero que, casi siempre, se destina a fortalecer el capital de los fondos de ahorro de los grupos.

Ahorro colectivo, acceso a tierra

Los grupos de jóvenes que se han conformado en los últimos tres años cuentan, sin excepción, con su propio fondo de ahorro. El monto obligatorio mensual varía de grupo en grupo, entre 20 y 50 lempiras (equivalente a poco más de uno o dos dólares). Las personas socias pueden acceder a préstamos con un interés del 3 %. Quienes no pertenecen al grupo, además de requerir algún integrante que actúe como garante, pagan un 5 %. Para el manejo del fondo cuentan con un reglamento interno. Estos créditos resultan altamente atractivos si se comparan con los prestamistas de la zona, que cobran entre el 15 y hasta el 20 % de interés.
Varios jóvenes ya se han establecido de forma permanente en sus caseríos y han invertido el capital obtenido por la venta de sus cosechas en la compra de tierra, ampliando así sus parcelas. Con frecuencia adquieren terrenos de sus propios padres o abuelos, quienes suelen ofrecerles facilidades de pago. Dentro de este proceso se va concretando el relevo generacional campesino: en lugar de migrar, la juventud permanece, y la tierra pasa de generación en generación, revalorizando la agricultura como opción de sustento y proyecto de vida.
Gerson Flores y su compañera Zulmi Pérez, con su bebé en brazos, son otros jóvenes que decidieron apostar su futuro en el campo. Viven en el caserío de San Bartolo. Ambos pasaron una etapa en la capital, y coinciden en su análisis: “Aquí vivimos mejor, porque nos va bien con nuestros cultivos: maíz, frijol, yuca, camote y una gran variedad de árboles frutales”. El grupo al que pertenece esta joven familia se llama Futuro del Mañana. Está integrado por 24 personas, de las cuales 11 son mujeres. Han decidido incluir también a adolescentes de 11 y 13 años. “Es importante que a los más jóvenes no les pase lo que nos pasó a mi generación”, cuenta Gerson. “Cuando regresamos, mi padre me cedió un pequeño terreno donde construimos la casa y empezamos los cultivos. El terreno no tenía ni una sola mata de frutales”.

Premiar el esfuerzo, no la dependencia

Los campeonatos y premios dirigidos a los grupos de jóvenes funcionan como pequeños incentivos iniciales que COSECHA ofrece para animarlos a dar los primeros pasos en la habilitación de sus parcelas. Estos pasos incluyen prácticas clave como no quemar, trabajar curvas a nivel, construir terrazas de crecimiento lento, preparar y aplicar abonos naturales, así como excavar huacas profundas para sembrar árboles frutales en tierra abonada, entre otras. Son procesos que exigen mucho trabajo y sacrificio, especialmente al inicio.

El primer enfoque del acompañamiento es despertar el interés de los jóvenes por la agricultura y que hagan mérito de su propio esfuerzo, construyendo una parcela o un huerto productivo. Si logran establecer uno que funcione y produzca, reciben como premio motivacional un kit de herramientas que les permite ampliar esa primera experiencia. La lógica es clara: si hay trabajo y compromiso, hay incentivo; si no hay proceso, no hay premio. “Estas herramientas”, recuerda Fredy, “me ayudaron un montón. Claro, no duran para siempre, ya tuve que comprar repuestos”. Varias de las viviendas cuentan, además, con reservorios para la captación de agua de lluvia, que permiten el abastecimiento de agua a los hogares durante la época seca. Junto con COSECHA, se ha experimentado en la construcción de tanques redondos, parcialmente enterrados. Santos, padre de Fredy, explica: “Hemos probado usar malla de plástico como refuerzo dentro del cemento, y ha dado un resultado sorprendentemente bueno”. Eduardo Tomás, uno de los fundadores de COSECHA, complementa:
“La malla de plástico, al quedar enterrada en el cemento, no se oxida como la malla metálica. Es más duradera y ayuda a evitar filtraciones”.

Eduardo es uno de los pioneros de la agricultura sostenible en la zona, junto con otro de los fundadores de COSECHA, Rolando Bunch. Ambos han insistido siempre en la importancia de las semillas locales: “Las semillas criollas del lugar son sabias; ya están adaptadas a los suelos de la zona y a sus condiciones de humedad y sequía”. Para su trabajo de facilitación, la organización cuenta actualmente con el apoyo de Misereor. La Fundación Interamericana fue también cooperante durante años, pero la política de solidaridad cero impulsada durante el gobierno de Donald Trump provocó el fin abrupto de esa relación.

Vejez digna sembrada en el campo

“No hay sueldo ni empleo que me haría cambiar”. De visita en la parcela de Macario Euseda, en el caserío de Higuerito, él recuerda cómo empezó todo: “COSECHA me propuso excavar 50 huacas y sembrar frutales, a cambio de ayudarme con materiales para construir un reservorio de agua. Al principio me preguntaba si de verdad hacía falta excavar un metro por un metro para plantar los frutales. Hoy, la respuesta está aquí, en mi parcela”. Macario muestra con orgullo sus árboles: banano, mango, aguacate, cítricos y otros frutos que le garantizan ingresos casi constantes y suficientes a lo largo del año. Para él, su vejez ya tiene rumbo asegurado. Compró un vehículo con el que realiza encomiendas y transporta su producción. Abastece con fruta al programa de desayuno escolar y, mientras dura nuestra visita, recibe varias llamadas pidiéndole banano.
“La milpa de maíz y frijol es para el consumo de la casa, y a veces ya ni me alcanza el tiempo para atender todo” Al despedirnos, resume su proceso con una sonrisa: “Lo que he logrado es gracias a la envidia de la buena”. No cabe duda: Macario ha vuelto a ser dueño de su tiempo.

Rosario Rodas, del caserío de San Bartolo, forma parte del mismo grupo en el que participan Gerson y Zulmi. Su espacio de cultivo es muy reducido, apenas 10 por 15 metros, pero eso no ha sido un límite. “Estoy cultivando 28 variedades distintas. Es cuestión de aprovechar bien el espacio y lograr una buena fertilidad del suelo”, explica. La voz de Rosario transmite el mismo entusiasmo que la de Fredy. Y lo mejor de todo es que ese entusiasmo, como la tierra bien cuidada, parece contagioso.

Sembrar cambios

La peor cosecha es la de no haber sembrado. El mayor riesgo de los paradigmas es el fatalismo: creer que nada puede cambiar, resignarse y limitarse a lamentar lo que sucede. ¿Te animas a comprometerte contigo misma o contigo mismo a declarar la guerra a algún paradigma que hoy te genera malestar o impotencia?


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Mensajes al Futuro

1

Algo que parecía irreversible puede corregirse, y la experiencia documentada lo demuestra: hay caminos para enfrentar el éxodo rural de los jovenes. Es posible generar condiciones más favorables como: acceso a la tierra, manejo de ingresos propios y formación en agricultura sostenible que permitan a las y los jóvenes construir una vida digna en el campo.

2

La dinámica grupal, la sana competitividad e incluso la llamada “envidia de la buena”, sumadas a estímulos iniciales, han logrado encaminar un relevo generacional basado en la agricultura sostenible. Este proceso ha provocado un cambio de mirada, no solo en la juventud, sino también en las personas mayores, abriendo la posibilidad de crear opciones reales para las nuevas generaciones. Así, gana el futuro: proyectos de vida en la ruralidad que sustituyen la migración como única salida.

3

Analizar los cuellos de botella ha sido clave: comprender las causas estructurales del éxodo juvenil como la falta de acceso temprano a la tierra, la imposibilidad de disponer de ingresos propios derivados del trabajo agrícola, y la escasa motivación familiar para valorar el campo como opción de vida ha permitido diseñar estrategias que los enfrentan de manera directa. Experiencias como la impulsada por COSECHA muestran que, cuando se interviene sobre estos nudos críticos, cambian las actitudes, se transforman los paradigmas y se reabre el horizonte rural para la juventud.

Este artículo fue escrito por Jorge Krekeler, coordinador del Almanaque del Futuro y facilitador de Misereor, por encargo de Agiamondo. El texto surge de una visita realizada junto a Katty Sánchez, Eduardo Tomás y Juan José Núñez, de la Asociación de Consejeros para la Agricultura Sostenible, Ecológica y Humana – COSECHA, recorriendo grupos y familias campesinas en distintos caseríos del municipio de Reitoca, en el departamento de Francisco Morazán, dentro del corredor seco al sur de Honduras.

El Almanaque del Futuro agradece a Katty y a todo el equipo de COSECHA por su apertura y amabilidad al facilitar las visitas y el acercamiento a los procesos. Asimismo, expresa su gratitud a las numerosas personas y familias campesinas que compartieron su tiempo, su palabra y su confianza durante los encuentros.

Un agradecimiento especial a Fredy Blandín y su padre Santos, en Junquillo; a Gerson Flores y Zulmi Pérez, Rosario Rodas, Fausto Flores, Julia Ávila, Anastasia Gutiérrez, Estiven Pérez, María Flores, Santos Flores y Kelly Maldonado, en San Bartolo; y a Macario Euseda, en Higuerito, por su calidez y hospitalidad.

Autores:

Diseño:

  • Gabriela Avendaño

Fotografías:

    • Eduardo Tomas 
    • COSECHA
    • Jorge Krekeler

Datos de contacto en cuanto a la experiencia documentada:

  • Asociación de Consejeros para la Agricultura Sostenible, Ecológica y Humana – COSECHA

  •  

Edición:

agosto 2026

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Autor:
Jorge Krekeler
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