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Art 70. Saberes que construyen sentimientos y territorios

En la sierra norte de Puebla, comunidades defienden su territorio como un ser vivo que siente y sostiene la vida, resistiendo megaproyectos hidroeléctricos, mineros y petroleros. Con el acompañamiento del IMDEC y la RedMAK, impulsan escuelas de construcción con tierra y ecotécnicas, donde las mujeres lideran procesos de cuidado, autonomía y transformación de los roles. Estos saberes compartidos se vuelven proyectos de vida que fortalecen la identidad y convierten los sentimientos en acción colectiva por un futuro justo y sustentable.
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El territorio que siente

Rebeca Altamirano, originaria de la comunidad de San Andrés Tlayehualancingo, del pueblo totonaco en la sierra norte de Puebla (México), recuerda con claridad el año 2011: “Nos enteramos del plan de construir 14 hidroeléctricas sobre el río Ajajalpa. Inversionistas privados, incluso empresas como Walmart, querían generar su propia energía”.
La joven biotecnóloga discrepa con ese modelo de desarrollo impuesto, sin consulta a los pueblos que habitan la región y con graves consecuencias para la naturaleza. Fascinada por la medicina tradicional y los saberes ancestrales, decidió integrarse al Consejo Regional Totonaco, organización acompañada por el Instituto Mexicano para el Desarrollo Comunitario (IMDEC), que fortalece procesos de defensa territorial y proyectos políticos emancipadores en distintas regiones del país. “No faltaron amenazas, intimidaciones ni criminalización de la protesta —recuerda Rebeca—, pero en 2018, con apoyo legal de IMDEC, logramos que se cancelara el plan hidroeléctrico.”
Hoy, Rebeca forma parte del equipo joven de la institución, respaldada por cooperantes como Misereor. “Si no cuidamos nosotras y nosotros nuestro territorio, nadie lo hará, y menos el Estado”, afirma con convicción. Las comunidades han aprendido a vigilar por sí mismas la tala y extracción de arcilla, asegurando que respondan a planes de manejo sustentables. Sin embargo, también enfrentan nuevas amenazas: la pérdida de jóvenes hacia la migración o la drogadicción. “Las tecnologías de comunicación ayudan, pero también traen riesgos. Muchos jóvenes sueñan con irse a las ciudades.”
En la cosmovisión totonaca, la naturaleza no es un recurso, sino un ser vivo con quien se mantiene un vínculo de reciprocidad y respeto. Desde talleres de herbolaria y encuentros de mujeres, Rebeca acompaña procesos de sanación y fortalecimiento de la voz femenina dentro del Consejo Regional Totonaco. La memoria histórica también impulsa su compromiso. “En 1970 hubo una masacre en Monte de Chila, municipio de Jopala —cuenta—. Mujeres, hombres y niños totonacos fueron asesinados por reclamar su derecho a la tierra. Fue una de las injusticias más grandes de nuestra historia. El delito de la comunidad fue defender su territorio. Y eso no se olvida.”

Territorio que resiste, memoria que florece

En la sierra norte de Puebla, el riesgo sigue latente. El Estado y las empresas acechan los territorios de comunidades que aún resisten, defendiendo la tierra como quien cuida un cuerpo vivo. “Nuestra resistencia —dice Rebeca— es también una forma del no olvido de la masacre.” En la Universidad de Puebla, un libro, ‘Y por la tierra, la vida: Monte de Chila y el inmutable silencio’, recoge esa memoria herida y la devuelve al presente como testimonio y advertencia.
Para Rebeca, la esperanza se siembra en los jóvenes, en la posibilidad de que sus proyectos de vida nazcan desde la autonomía. “La educación laboral —dice— suele expulsarlos; buscan el futuro afuera, cuando su raíz está aquí. La agroecología podría ser el hilo que los haga volver.”

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¿Partiendo de tu entorno cultural: hasta qué grado la cultura e identidad constructiva y, ligada a esto, los roles definidos de género e intergeneracional han experimentado una reconfiguración? ¿Caso dado, como se podría promover una tal reconfiguración?

Desde el Centro para el Encuentro y Diálogo de Saberes (CEDES), el IMDEC impulsa las Escuelas Campesinas de Construcción y Saberes (ECAS): talleres donde la tierra enseña, las manos crean y el conocimiento florece en colectivo. Allí, las mujeres asumen un papel esencial: traducen los contenidos al totonaco, devolviendo el saber a su lengua madre. Así, los aprendizajes viajan más lejos, se multiplican, y alcanzan a otras mujeres, a otras comunidades, a otras esperanzas.
El panorama en el estado de Puebla no es alentador. Treinta y cinco municipios de la sierra norte están amenazados por proyectos de fracking, mientras la empresa estatal Pemex mantiene su presión sobre los territorios. Hasta ahora, la resistencia comunitaria ha logrado frenar varios de estos planes. En Ixtacamaxtitlán, una mina de oro y plata a cielo abierto continúa representando un grave riesgo ambiental, aunque en otras zonas las comunidades han conseguido, mediante recursos de amparo, la cancelación de concesiones mineras. A ello se suman las recientes promesas electorales de la presidenta Claudia Sheinbaum de crear cien corredores industriales, lo que podría abrir nuevas fronteras de despojo. Por su parte, los programas de apoyo social impulsados por el expresidente Andrés Manuel López Obrador, si bien han aliviado algunas necesidades, podrían también desmovilizar a las personas en la defensa activa de sus territorios.

Cuando la comunidad construye en manos de mujeres

IMDEC y la Red MesoAmeri-Kaab (kaab, “tierra” en maya), aglutinando a organizaciones que defienden el derecho a construir con tierra cruda desde la Educación Popular y la Defensa del Territorio. Con el apoyo de Misereor impulsan las Escuelas de Construcción Campesina y Saberes (ECAS), espacios donde la palabra, la tierra y el cuerpo aprenden al mismo ritmo. Algunas escuelas son mixtas; otras, pensadas únicamente para mujeres, nacen como refugios de confianza. Sandy Minier, quien coordina las ECAS, recuerda: “En la última escuela asistieron solo mujeres. Entre nosotras, muchas compartieron lo que viven en sus comunidades: la falta de privacidad, los espacios inseguros, las miradas que invaden. Y entendimos que construir una casa también es construir un lugar donde el cuerpo pueda habitarse sin miedo”. Así nació la decisión de crear módulos exclusivos para mujeres, donde aprender a levantar muros de tierra es también aprender a levantar fronteras de dignidad. Desde la pedagogía del aprender haciendo, heredera de Paulo Freire, las ECAS siembran conocimientos de ecotecnologías: bahareque, adobe, captación de agua, filtros, baños secos, huertos ecológicos… Saberes que brotan de la tierra y vuelven a ella.
Rosa Méndez ha caminado todas las ECAS. Con su esposo levantó su casa de tierra; luego, tras su muerte en un accidente, siguió construyendo como quien cura una herida con barro tibio. “Trabajar la tierra me ayudó a vivir mi duelo —cuenta—. y compartir lo aprendido es como entregarle mis sentimientos a él, dondequiera que esté”. Rosa irradia una fuerza que contagia. En su comunidad de Cuacuila ha replicado los aprendizajes con jóvenes de la secundaria, gracias a la apertura de la directora del colegio: captación de lluvia, huertos escolares, pequeñas obras que son semillas de autonomía. Madre de dos hijas, hablante fluida de náhuatl, es catequista, tallerista, tesorera, regidora… y, sobre todo, una mujer que cree en el poder de las manos que trabajan juntas.

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¿Has experimentado correlaciones entre saberes y conocimientos por un lado y sentimientos o estados anímicos o emocionales por el otro? ¿Crees que esto podría ser una veta que valdría la pena ser más explorada?

Pero llegar a las escuelas no siempre es fácil para las mujeres. Por eso IMDEC y la Red MAK han adaptado las ECAS a sus tiempos y cuidados: jornadas de dos días, espacios abiertos a que las participantes lleguen con sus hijas e hijos, dinámicas que integran a todas las edades. Y entonces ocurre algo hermoso: los niños no esperan al margen; se meten al barro, moldean adobes, revocan paredes. Observan cómo sus madres, hermanas y abuelas construyen, y algo en ellos cambia. Sandy lo nombra así: “Es poderoso ver cómo se les abre el mundo cuando entienden que construir no es cosa solo de hombres; que la tierra, el barro y la fibra siguen siendo materiales vivos, actuales, nuestros”. En esos espacios de confianza, la tierra enseña. Y las mujeres, junto con ella, vuelven a levantar territorio.

Ruta de aprendizaje

Las primeras ECAS nacieron en 2011, sembradas como pequeñas semillas de barro en manos comunitarias. El primer taller fue con una cooperativa de vivienda, y su temario, entonces sencillo, giraba alrededor de la construcción con tierra. Con el tiempo, sin embargo, la mirada se amplió: de la casa al territorio, del barro a la vida, de la técnica a la resistencia. La ruta crítica se hizo evidente, aunque suele permanecer oculta a la vista: no se puede construir con tierra si la tierra está siendo depredada, no se puede levantar una casa viva cuando el bosque, el agua o la arcilla están en riesgo. En los territorios rurales, cualquier intento de mejorar la vida despierta el apetito del capital invasivo, y las lógicas extractivas cierran el círculo del despojo. Por eso, sin cuidado del territorio —sin regeneración ecosistémica, sin frenar la explotación— también peligra la posibilidad de construir de forma auténtica y amorosa. Y sigue pendiente otro desafío profundo: la invisibilización de las mujeres en las culturas constructivas, una herida que las ECAS buscan sanar paso a paso.
Las ECAS transmiten y recuperan saberes del hábitat y la construcción natural, motivan a aplicar, replicar y compartir técnicas, y abren caminos para abordar procesos comunitarios. Hoy existen seis procesos de réplica activos —cuatro en la sierra norte de Puebla— acompañados por Red MAK e IMDEC. Entre todos han logrado implementar diez ecotécnicas (baño seco, captación de lluvia, trampas de grasa, biofiltros, muros de bahareque, enjarres de cal y tierra, entre otras), además de cinco ecohuertos que ya respiran vida.
Uno de estos procesos late en la comunidad indígena de Santiago Tepeixco, municipio de Zacatlán, a una hora montaña arriba. Allí, como fruto de las ECAS, nació el grupo Tenoxtitepe, con unas veinte personas —en su mayoría mujeres— que han construido una cabaña de adobe y bahareque, con baño seco y captación de agua. Sueñan con convertirla en un pequeño espacio ecoturístico, donde el visitante pueda encontrarse con el silencio, los manantiales y la memoria de la tierra. María Luisa Garrido, integrante del grupo, cuenta: “Estamos protegiendo los manantiales y reforestando; hemos pasado sequías. A la gente de la ciudad le encanta este lugar”. En una comunidad de más de mil familias, no faltan las miradas de recelo ni las envidias vecinas. Al inicio hubo apoyo institucional; ahora, las nuevas autoridades obstaculizan. Aun así, el grupo ya tiene vuelo propio: elaboran mermelada de arándanos y difunden la instalación de baños secos en casas particulares, abriendo camino donde antes solo había silencio. En la construcción de la cabaña han participado mujeres, hombres, personas mayores y jóvenes. Doña María González comparte: “Lxs niñxs, nuestrxs hijxs y nietxs, disfrutan venir; les encanta la cabaña y ayudarnos a trabajar con las manos y la tierra”. Y María Luisa agrega, con una sonrisa que se intuye: “A la gente que viene, seguro le va a gustar conocer y construir con tierra”.

Cuéntanos lo que piensas, lo que sentiste, y cómo estas historias dialogan con tu propia vida. ¡Regálanos tus opiniones y lecturas en torno a la experiencia motivadora en nuestras redes y sumemos voces para construir un mañana con sentido

Mensajes al Futuro

1

Los procesos acompañados por el IMDEC y la Red MAK logran una confluencia reciproca: la defensa y resistencia del territorio y a la vez el rescate y el renacimiento de culturas constructivas y todo esto desde la reconfiguración de roles, tanto en el eje de género como de lo intergeneracional.

2

Saberes y conocimientos, en lugar de ser vistos y manejados desde la cultura de competitividad como elementos de poder y de dominio, pueden despertar comunidad, corresponsabilidad y crianza mutua, si son vistos con sentido de pertenencia y cuidado mutuo.

3

Flota la convicción de que los saberes colectivos pueden romper el cerco del capital invasivo. Que cuando una comunidad se organiza, el territorio deja de ser “recurso” y vuelve a convertirse en hogar. Se hace visible el poder de las ECAS como semillero de autonomía, donde cada réplica es un acto de multiplicación de dignidad. Permanece también la certeza de que los aprendizajes más profundos son aquellos que se comparten sin prisa y sin miedo. Permanece la idea de que defender el territorio es defender la posibilidad misma de habitarlo. Que construir con tierra es un gesto político: una forma de decir “aquí estamos”.

Este artículo fue escrito por Jorge Krekeler, coordinador del Almanaque del Futuro y facilitador de Misereor por encargo de Agiamondo, visitando a la Casa para el Encuentro y Dialogo de Saberes – CEDES en Zacatlán, además de las comunidades de Cuacuila y Santiago Tepeixco en la sierra norte de Pueblo en México, compartiendo conversaciones y diálogos durante tres días en septiembre de 2025.

El Almanaque del Futuro agradece a Humberto Castorena, Rebeca Altamirano, Isidro Herrera y Silvia Villaseñor del Instituto Mexicano para el Desarrollo Comunitario – IMDEC y a Sandy Minier, cooperante-integrante del IMDEC para la Red MesoAmeri-Kaab – Red MAK por su acompañamiento, y al equipo de IMDEC en su conjunto por su acogida y confianza. Un agradecimiento especial a Rosita Méndez, a la directora Margarita Castelan y a lxs alumnxs de la secundaria de Cuacuila a María Teodora González, María Luisa Garrido, Salvador Cruz, María Sofía Cruz, Fernando Cruz, María Martina Sosa, María Eugenia Velasco, Antonio Nochebuena y Martha Marín de la comunidad de Santiago Tepeixco por su tiempo y por compartir con el Almanaque del Futuro sus lecturas y opiniones.

Autores:

Diseño:

  • Gabriela Avendaño

Fotografías:

    • IMDEC
    • RedMAK
    • Jorge Krekeler

Datos de contacto en cuanto a la experiencia documentada:

 

  • Red MesoAmeri-Kaab – Red MAK

Edición:

JUNIO 2026

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Jorge Krekeler
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