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Art 67. Historia conectada

La guerra civil en El Salvador dejó una profunda huella de víctimas y traumas. Hoy, la memoria y la conmemoración —impulsadas por comunidades y expresiones artísticas— son esenciales para sanar heridas, mantener viva la historia y evitar que se repitan los errores del pasado.
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Conmemorar en lugar del olvido

La guerra civil salvadoreña (1979–1992), que enfrentó al gobierno nacional —apoyado por Estados Unidos— y el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), dejó, como toda guerra, a un gran perdedor: la población civil. En el departamento de Chalatenango, fronterizo con Honduras, se han registrado más de cincuenta masacres. El desplazamiento forzado y los ataques directos contra comunidades formaron parte de la estrategia militar conocida como “tierra arrasada”, que buscaba eliminar cualquier apoyo civil a la insurgencia.
Una de estas tragedias ocurrió en la comunidad de Cuancora —hoy llamada Ellacuría, en honor al padre jesuita Ignacio Ellacuría, asesinado junto a otros religiosos en la Universidad Centroamericana (UCA) en San Salvador—. En noviembre de 1989, después de seis años refugiadas en Honduras, varias familias retornaron al lugar y, con el apoyo de Cáritas Chalatenango, emprendieron el repoblamiento. Pero el 11 de febrero de 1990, un combate entre la guerrilla y el ejército desencadenó un ataque aéreo, a pesar de la presencia de familias civiles en la zona. El bombardeo cobró la vida de una familia entera de cinco personas —entre ellas, un bebé y tres menores— y dejó heridas a 15 personas, algunas de gravedad. Ante el reclamo de los sobrevivientes, soldados respondieron con frialdad que solo “algunas gallinas habían muerto”. Desde entonces, la comunidad transformó la Casa del Molino —escenario de la tragedia— en un espacio de memoria y resistencia, hoy conocido como la Casa de la Masacre.
En Chalatenango, menos de la mitad de las masacres cuentan con lugares de conmemoración. Sin embargo, estos espacios son esenciales: preservan la memoria de las víctimas, ofrecen un lugar ritual para el duelo de familiares y amigos, y sostienen la exigencia de no repetición.

Memoria Cultural

¿Cuáles son, para ti, los elementos conmemorativos más importantes de la historia de tu cultura y sociedad?

Conectividad de memoria y futuro

El colectivo Raíces está conformado por jóvenes artistas y teólogos provenientes del mundo de la danza performance, quienes trabajan temas de sanación y memoria histórica viva a través del arte: canto, dibujo y danza. Su labor se desarrolla en la Casa de la Masacre en Ellacuría, donde transmiten la historia y la memoria mediante experiencias artísticas. Organizan talleres, encuentros y escuelas de arte y memoria, en los que participan también madres que han perdido hijos y familiares durante la guerra, como doña Melia y doña Lilian. “Me gusta compartir”, dice Melia. “En casa no nos escuchamos mucho, pero en los talleres es distinto”. Lilian complementa: “Me gustan estos espacios, entre luto compartido y momentos tristes, pero también con ratos de alegría”.

Isabel, integrante de Raíces, explica cómo se trabaja la transmisión de la historia con niñxs y jóvenes: “En nuestros talleres, muchos descubren allí mismo que sus familias no son oriundas del lugar. La época de la violencia, la guerra, las víctimas y los desplazamientos no forman parte de la memoria de estas personas. Con niñxs de 10 a 11 años usamos un enfoque lúdico para abordar las raíces del conflicto armado, las masacres, la fase del refugio y la repoblación, y los abrazos como paso hacia la sanación de la memoria”.

Las actividades están cargadas de simbolismo:

  • Para recordar la fase crítica de tierra arrasada, se dibuja con carbón, evocando casas quemadas narradas por los abuelos.
  • En el análisis de las raíces del conflicto se habla de la concentración de tierras y del cultivo de café, usando café para dibujar.
  • Las masacres se representan como huellas del terror, trabajando descalzos y pintando las huellas de los pies como símbolo de esperanza.
  • En la casa de la masacre en Ellacuría se dedican dibujos y poemas en memoria de las víctimas.

Raíces diseña actividades para diferentes grupos etarios, a veces en conjunto. También organizan visitas a la tumba del padre Ignacio Ellacuría en la UCA. Con las personas mayores, la mayoría de las cuales perdió seres queridos en la guerra, se realizan espacios de escucha y memoria. Doña Lilian comparte: “Me hace bien escuchar lo vivido por terceros”.

El gran reto es permitir que la sociedad urbana salvadoreña, que no experimentó el conflicto de la misma manera, logre conectarse con la historia nacional y la guerra. Por ello, los jóvenes de Raíces han organizado talleres en la Casa de la Masacre en Ellacuría con participantes de la capital. Sin embargo, al igual que más de la mitad de las masacres carecen de conmemoración, se corre el riesgo de que la falta de conexión con la historia impida garantizar la no repetición de hechos tan dolorosos.

Puente Temporal

¿Logramos realmente que esa conmemoración conecte el pasado con el futuro?

Sembradoras de vida y recuerdo

Cáritas Chalatenango, con el apoyo de Misereor y otras organizaciones, ha acompañado a las familias de los repoblamientos desde sus inicios. Junto con la organización Raíces y otras iniciativas, han fortalecido grupos de autoayuda que hoy son referentes de resiliencia y trabajo comunitario. En Guarjila, una comunidad nacida de un repoblamiento en 1987, Juana Morales, portavoz del Comité de Mujeres, recuerda: “Todas aquí vivimos como refugiadas durante seis años en Mesa Grande, Honduras. Al inicio de la guerra huimos al monte, sobreviviendo como podíamos. Cuando regresamos al país, empezamos desde cero, gracias al apoyo de Cáritas y la solidaridad de muchos. La guerra seguía, con enfrentamientos entre la guerrilla y el ejército”.

Dos veces al mes, cerca de veinte mujeres se reúnen bajo la sombra de una ceiba gigante. El parque infantil que tienen cerca y todo lo que se ve alrededor es fruto del esfuerzo colectivo y de la autoayuda. Entre risas, se autodenominan “Las Mujeres de Juanita”, en honor a Juana Morales, su lideresa natural. Pero su labor no tiene nada de broma: trabajan bordados con motivos y poemas que conmemoran el conflicto, promueven la vivienda digna y han creado la Cooperativa de Vivienda Jon Cortina, en memoria del sacerdote jesuita que acompañó a la comunidad. El Padre Jon solía decir: “No es tiempo de pensar en una iglesia o capilla mientras todas las familias de Guarjila no tengan un techo seguro”. Cada integrante practica agricultura orgánica en su hogar, asegurando soberanía alimentaria y promoviendo recetas naturales para una alimentación sana. Cuando la cosecha es abundante, venden los excedentes. Productos como el polvo de cúrcuma —reconocido por sus propiedades antiinflamatorias— y la harina de sagú son especialmente valorados.

Para estimular el emprendimiento, promueven el ahorro comunitario y otorgan pequeños préstamos a partir de un fondo semilla. Además, defienden los derechos humanos, cuidan el medio ambiente y llevan adelante proyectos de reforestación.
“Buscamos maneras de conectarnos con la naturaleza y por eso reforestamos”, explica María Yolanda. Juana añade: “Decimos no a la minería”. Ixchel Morales, quien acompaña desde Cáritas tanto a Raíces como al grupo de mujeres, destaca: “Es un grupo muy dinámico. Se organiza al inicio de cada año con un plan anual y siempre lo cumple a cabalidad. Es admirable”.

Unidad inclusiva

¿Qué caminos y estrategias se te ocurren para impulsar agendas verdaderamente incluyentes, que reconozcan la diversidad pero construyan unidad?

Algunas acciones concretas que puedes emprender:

  • Descubre tres huellas luminosas que una conmemoración auténtica deja en la vida de una comunidad.
  • Elige maneras significativas de honrar la memoria viva y ponlas en acción, sembrando futuro desde el pasado.

 

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Mensajes al Futuro

1

En muchas culturas indígenas, mirar hacia el pasado es una manera de avanzar hacia el futuro. Este vínculo garantiza la conexión con la historia y la identidad. Sin embargo, en numerosos lugares esta práctica se ha debilitado, generando una desconexión progresiva con las raíces culturales.

2

La memoria viva no solo resguarda la riqueza de experiencias colectivas, sino que también permite sanar traumas y transformar el dolor en aprendizaje. Espacios como la Casa de la Masacre y las Escuelas de Raíces trabajan justamente en esta dirección.

3

Uno de los grandes retos de nuestro tiempo es construir agendas inclusivas, superando visiones fragmentadas. Hoy, por ejemplo, la población urbana y la rural suelen tener imaginarios históricos muy distintos, e incluso perspectivas regionalistas que pueden volverse excluyentes. A pesar de la dificultad, ya se dan algunos pasos hacia una integración más amplia.

Este artículo fue escrito por Jorge Krekeler, coordinador del Almanaque del Futuro y facilitador de Misereor por encargo de Agiamondo, tras recorrer los caminos de las comunidades de Ellacuria (Guancora) y Guarjila, en Chalatenango, acompañado por Guillermo Navarro, de Cáritas Nacional de El Salvador. El Almanaque del Futuro expresa su profunda gratitud a Guillermo Navarro, por su apertura y compromiso en la búsqueda de senderos transformadores y en el tejido de redes vivas. Un agradecimiento especial a las mujeres del Comité Local de Guarjila, lideradas con sabiduría por Doña Juanita Morales, junto a Doña Melia y Doña Lilian. También al Colectivo Raíces: Fran, Isabel, Maciel, Meylin y Astrid, guardianes de la memoria en Ellacuria. Gracias a Ixchel Morales y Noé Linares, de Cáritas Chalatenango, por su cercanía y acompañamiento. Porque son las voces y los testimonios de estas personas los que dan vida y verdad a esta narración.

Autores:

Diseño:

  • Gabriela Avendaño

Fotografías:

    • Ixchel Morales 
    • Caritas Chalatenango 
    • Fran
    • Jorge Krekeler

Datos de contacto en cuanto a la experiencia documentada:

Edición:

febrero 2026

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Jorge Krekeler
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