La cuenca media de la quebrada La Chigüaza, ubicada en la localidad de Rafael Uribe Uribe, al sur de Bogotá (Colombia), es hoy escenario de un proceso comunitario que impulsa la reexistencia del territorio sujeto La Chigüaza. A través de los tejidos socio-territoriales, las comunidades que habitan y sienten este espacio fortalecen su conexión con el agua, la naturaleza y el lugar donde viven. Esto genera un profundo sentido de pertenencia al corredor socioecológico y cultural que toma su nombre del elemento geográfico que los integra: la cuenca de La Chigüaza.
Este sentido de pertenencia se materializa a partir de la narrativa colectiva y la memoria histórica del territorio, que reconocen sitios emblemáticos como la Hacienda Los Molinos y los antiguos barrios de la calle 40 Sur. Asimismo, la historia de resistencia y lucha por la defensa del Parque Entre Nubes y, en la actualidad, por el establecimiento de las huertas y la promoción de la agricultura urbana.
Mientras la defensa de los derechos de la quebrada se posiciona como una prioridad en la agenda comunitaria, se avanza en superar las divisiones político-administrativas que han generado distancia y rivalidad entre barrios vecinos. En este proceso, los colectivos del territorio están transformando lógicas y jerarquías excluyentes, dando paso a formas de liderazgo horizontal y a organizaciones interconectadas en torno al cuidado y defensa del territorio común. Así, La Chigüaza reexiste gracias a la resistencia, la organización comunitaria y el compromiso por la defensa y cuidado de su territorio.
Con Sebastián Ayala nos conocimos en diferentes colectivos, y en nuestras conversaciones, él me habló de la experiencia del Aula Libre La Chigüaza, ubicada en el sur de Bogotá. Este espacio es fruto de luchas colectivas, tejidas desde la diversidad de agrupaciones y actores que habitan el territorio.
A Sebastián, quien vive con sus abuelos en el barrio San Agustín, en la localidad de Rafael Uribe Uribe, le propuse que hiciéramos un podcast para compartir esta historia. A esa conversación también se unió Stefanía Bustos, una de las pioneras del Aula Libre. Sebastián se sumó al proceso comunitario desde su regreso al barrio, involucrándose activamente en las iniciativas que le dan vida al espacio.
En el diálogo sobre el Aula Libre La Chigüaza, Sebastián y Stefanía explican: “El Instituto Distrital de Gestión de Riesgos y Cambio Climático, IDIGER, interviene y reubica a familias que habitan en zonas de alto riesgo para asentamientos humanos. Así sucede también en un corredor de 30 metros a cada lado de la quebrada La Chigüaza. En este sector hay muchos lotes intervenidos”.
Tras el derrumbe de una vivienda y el deterioro de otras, el IDIGER clausuró varios lotes, cercándolos con alambre de púas y sembrando pasto. Sebastián recuerda:” Cuando era niño, el lugar cerca de la quebrada me daba miedo, porque se convirtió en un foco de basura, habitado por personas en situación de calle, con consumo y venta de drogas”.
Frente a esta realidad, varias personas del sector comenzaron un proceso de diálogo para recuperar esos espacios, abriéndolos a la comunidad y transformándolos en lugares seguros, cuidados por todxs. Sonia Lodoño, vecina que vive a media cuadra del espacio donde hoy funciona el Aula, fue de las primeras en convocar a niñxs para realizar actividades lúdicas en el sitio. Poco a poco, Stefanía Bustos, Leidy Hernández, Christian Zuluaga, Nicolás Mendoza y muchxs otrxs vecinxs, niñxs y amigxs, se sumaron a la iniciativa, logrando convertir los lotes intervenidos y recuperados en un espacio alternativo y comunitario para el barrio.
Cabe resaltar que en este sector hay muy pocas zonas verdes y las existentes, por lo general, están ocupadas por consumidores de alcohol y otras sustancias; y estas no son las únicas problemáticas sociales que enfrenta el barrio.
Stefanía resume el proceso: “El Aula Libre La Chigüaza demuestra que lxs habitantes del barrio podemos hacernos cargo de recuperar los espacios. Nos hemos apropiado del lugar para crear un Aula Libre” y complementa Sebastián: “Desde la pandemia, personas de diferentes estratos empezaron a sembrar comida en espacios públicos. Aunque ya existían algunas huertas comunitarias, su número creció. En esa época, los trapos rojos colgados en las casas mostraban que había hambre. Desde que logramos el Aula Libre, con su huerta, hay vecinos que se acercan trayendo plantas que ya no caben en sus canecas o materas. Esos arbolitos los hemos trasplantado al aula. También hay vecinos que comenzaron a sembrar maíz en otros lotes clausurados”.
Hoy, el vecindario siente el Aula Libre como su propio espacio verde, autoorganizado y seguro, donde niñxs juegan por las tardes y donde, cuando se puede, se organizan actividades como el «cine en el barrio», una proyección al aire libre que reúne a la comunidad en las noches.