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Art 63. La Chigüaza: territorio sujeto

La cuenca media de la quebrada La Chigüaza, en Bogotá, es escenario de un proceso comunitario que fortalece la reexistencia territorial. A través de memoria histórica, agricultura urbana y defensa de sitios emblemáticos, las comunidades reafirman su conexión con la naturaleza. Superando divisiones, construyen liderazgos horizontales y organizaciones interconectadas para proteger el corredor socioecológico y cultural que simboliza La Chigüaza.
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La cuenca media de la quebrada La Chigüaza, ubicada en la localidad de Rafael Uribe Uribe, al sur de Bogotá (Colombia), es hoy escenario de un proceso comunitario que impulsa la reexistencia del territorio sujeto La Chigüaza. A través de los tejidos socio-territoriales, las comunidades que habitan y sienten este espacio fortalecen su conexión con el agua, la naturaleza y el lugar donde viven. Esto genera un profundo sentido de pertenencia al corredor socioecológico y cultural que toma su nombre del elemento geográfico que los integra: la cuenca de La Chigüaza.
Este sentido de pertenencia se materializa a partir de la narrativa colectiva y la memoria histórica del territorio, que reconocen sitios emblemáticos como la Hacienda Los Molinos y los antiguos barrios de la calle 40 Sur. Asimismo, la historia de resistencia y lucha por la defensa del Parque Entre Nubes y, en la actualidad, por el establecimiento de las huertas y la promoción de la agricultura urbana.
Mientras la defensa de los derechos de la quebrada se posiciona como una prioridad en la agenda comunitaria, se avanza en superar las divisiones político-administrativas que han generado distancia y rivalidad entre barrios vecinos. En este proceso, los colectivos del territorio están transformando lógicas y jerarquías excluyentes, dando paso a formas de liderazgo horizontal y a organizaciones interconectadas en torno al cuidado y defensa del territorio común. Así, La Chigüaza reexiste gracias a la resistencia, la organización comunitaria y el compromiso por la defensa y cuidado de su territorio.

El aterrizaje al territorio: la experiencia del Aula Libre La Chigüaza

Con Sebastián Ayala nos conocimos en diferentes colectivos, y en nuestras conversaciones, él me habló de la experiencia del Aula Libre La Chigüaza, ubicada en el sur de Bogotá. Este espacio es fruto de luchas colectivas, tejidas desde la diversidad de agrupaciones y actores que habitan el territorio.
A Sebastián, quien vive con sus abuelos en el barrio San Agustín, en la localidad de Rafael Uribe Uribe, le propuse que hiciéramos un podcast para compartir esta historia. A esa conversación también se unió Stefanía Bustos, una de las pioneras del Aula Libre. Sebastián se sumó al proceso comunitario desde su regreso al barrio, involucrándose activamente en las iniciativas que le dan vida al espacio.
En el diálogo sobre el Aula Libre La Chigüaza, Sebastián y Stefanía explican: “El Instituto Distrital de Gestión de Riesgos y Cambio Climático, IDIGER, interviene y reubica a familias que habitan en zonas de alto riesgo para asentamientos humanos. Así sucede también en un corredor de 30 metros a cada lado de la quebrada La Chigüaza. En este sector hay muchos lotes intervenidos”.
Tras el derrumbe de una vivienda y el deterioro de otras, el IDIGER clausuró varios lotes, cercándolos con alambre de púas y sembrando pasto. Sebastián recuerda:” Cuando era niño, el lugar cerca de la quebrada me daba miedo, porque se convirtió en un foco de basura, habitado por personas en situación de calle, con consumo y venta de drogas”.
Frente a esta realidad, varias personas del sector comenzaron un proceso de diálogo para recuperar esos espacios, abriéndolos a la comunidad y transformándolos en lugares seguros, cuidados por todxs. Sonia Lodoño, vecina que vive a media cuadra del espacio donde hoy funciona el Aula, fue de las primeras en convocar a niñxs para realizar actividades lúdicas en el sitio. Poco a poco, Stefanía Bustos, Leidy Hernández, Christian Zuluaga, Nicolás Mendoza y muchxs otrxs vecinxs, niñxs y amigxs, se sumaron a la iniciativa, logrando convertir los lotes intervenidos y recuperados en un espacio alternativo y comunitario para el barrio.
Cabe resaltar que en este sector hay muy pocas zonas verdes y las existentes, por lo general, están ocupadas por consumidores de alcohol y otras sustancias; y estas no son las únicas problemáticas sociales que enfrenta el barrio.
Stefanía resume el proceso: “El Aula Libre La Chigüaza demuestra que lxs habitantes del barrio podemos hacernos cargo de recuperar los espacios. Nos hemos apropiado del lugar para crear un Aula Libre” y complementa Sebastián: “Desde la pandemia, personas de diferentes estratos empezaron a sembrar comida en espacios públicos. Aunque ya existían algunas huertas comunitarias, su número creció. En esa época, los trapos rojos colgados en las casas mostraban que había hambre. Desde que logramos el Aula Libre, con su huerta, hay vecinos que se acercan trayendo plantas que ya no caben en sus canecas o materas. Esos arbolitos los hemos trasplantado al aula. También hay vecinos que comenzaron a sembrar maíz en otros lotes clausurados”.
Hoy, el vecindario siente el Aula Libre como su propio espacio verde, autoorganizado y seguro, donde niñxs juegan por las tardes y donde, cuando se puede, se organizan actividades como el «cine en el barrio», una proyección al aire libre que reúne a la comunidad en las noches.

Territorios vivos

¿Crees que es factible iniciar procesos similares en zonas urbanas marginadas, fortaleciendo la identidad del territorio y la autodeterminación de los tejidos sociales? ¿Lo ves posible?

Seis años del Aula Libre La Chigüaza: espacio de vida, siembra y resistencia

El Aula Libre La Chigüaza, a seis años de su nacimiento, es fruto de un proceso de «acupuntura urbana», gestionado por Stefanía, Sonia y muchas otras personas que habitan la zona. Gracias a su trabajo, han logrado recuperar para la comunidad varios lotes clausurados por el IDIGER, ubicados en las cercanías de la quebrada La Chigüaza.
Hoy, este espacio se ha convertido en un lugar de siembra de alimentos, plantas medicinales y aromáticas, de prácticas de compostaje y agroecología y, sobre todo, en un punto de encuentro para el colectivo. Allí se realizan talleres y actividades con niñxs, dinámicas artísticas, cine al aire libre, teatro, música y mucho más: un mosaico vivo de iniciativas comunitarias.
Sin embargo, el protocolo distrital para huertas comunitarias, implementado por el Jardín Botánico de Bogotá, ha generado tensiones. Dicho protocolo, que no ha sido consultado con las comunidades, más que sembrar plantas, ha sembrado inconformidad entre lxs vecinxs. Por ejemplo, prohíbe el uso de llantas recicladas —que para la gente del barrio son valiosos recursos reutilizables, ya sea como materas o para crear graderías en la huerta— y exige que toda huerta esté completamente cercada.
Frente a esta rigidez y verticalidad institucional, en el Aula Libre La Chigüaza se hace la vista gorda. Y es que, para quienes integran el colectivo, el Aula Libre no es simplemente una huerta comunitaria, sino un espacio de encuentro, de creación y de vida comunitaria, donde la huerta es solo un componente de un mosaico colorido de actividades, usos e iniciativas.
Precisamente por no asumirse como una huerta convencional, el Aula Libre ha evitado quedar sujeta a las normativas del Jardín Botánico o de la administración distrital para el manejo de huertas urbanas. Aunque esta decisión implica no poder acceder a recursos públicos —como los fondos que la ciudadanía suele priorizar para huertas en el marco del presupuesto participativo—, para Sebastián y otras personas del colectivo, esto no representa una desventaja. Sebastián lo explica claramente: “Así no corremos el riesgo de perder la autonomía e independencia del proceso frente a intereses de la politiquería; eso lo hemos visto pasar con frecuencia en otros colectivos”.
Aun así, dentro del grupo, el diálogo y la búsqueda de consensos son permanentes. Aunque prefieren evitar los conflictos, también reconocen que la confrontación con la normativa institucional es, a veces, inevitable. Stefanía y Sebastián, al final de la grabación del podcast, comparten una reflexión cargada de honestidad: “A veces piensas que lo que estás haciendo no es importante. Pero las invitaciones para hablar del proceso, y ahora la visita del Almanaque, nos muestran que sí lo es”. Sin duda, se trata de un proceso que llama la atención por su autenticidad, aunque no siempre es fácil de entender en toda su profunda significancia para quienes no viven el día a día de este territorio.

La Chigüaza: territorio que reexiste y se renombra desde la comunidad

Son varios los colectivos del territorio que hoy se autoidentifican como habitantes del corredor de la cuenca media de la quebrada La Chigüaza. Entre ellos, el colectivo Épsilon, junto a Felipe Gamboa y otras personas, ha impulsado una campaña identitaria que busca superar la segmentación por barrios, codificados como UPZ (Unidades de Planeamiento Zonal) e incluso localidades, para reconocerse todos como parte de un mismo territorio.
Gracias a este proceso, hoy ya no se habla solo del barrio o del sector, sino de la cuenca como territorio común. Desde 2017, esta iniciativa popular, nacida de múltiples espacios y organizaciones de base, promueve el corredor socioecológico y cultural Cuenca La Chigüaza, entendido no como una suma de lugares como perlas en un collar, sino como un todo integrado: las montañas, la quebrada y los barrios colindantes.
La quebrada La Chigüaza nace en la serranía del Zuque, cerca del páramo de Camanaos (mal llamado Cruz Verde), y atraviesa varias localidades y barrios del sur de Bogotá, hasta desembocar, luego de pasar junto a la cárcel La Picota y cruzar la Avenida Caracas, en el río El Tunjo (mal llamado Tunjuelito).

Memorias del agua: entre el olvido y la resistencia

Las personas mayores del territorio aún recuerdan que, hace unas décadas, la quebrada y sus bosques ribereños eran el lugar ideal para los paseos dominicales, donde incluso se bañaban. Pero quienes han nacido y crecido en una ciudad cada vez más urbanizada solo han conocido una quebrada degradada, con altos niveles de contaminación y convertida en territorio invisible.
Por este deterioro, muchas zonas aledañas a la quebrada son poco frecuentadas, foco de habitabilidad de calle, consumo y venta de drogas. Sebastián lo describe así: “El bosque y las inmediaciones de la quebrada son sinónimo de peligro y contaminación. Esta estigmatización abre una espiral de abandono y deterioro de este espacio y un retiro casi absoluto de la vida y de la cotidianidad de la gente”. Este escenario explica la profunda relevancia de las luchas por la reexistencia del territorio, a partir de un proceso de resignificación y recuperación comunitaria.

Espacios recuperados

Piensa en tu entorno: ¿Logras identificar espacios olvidados, abandonados, estigmatizados, que podrían ser recuperados desde acciones comunitarias? ¿Qué harías allí?

Un territorio que se redescubre y se organiza

La transformación de la identidad territorial ha llevado a un redescubrimiento colectivo del corredor socioecológico y cultural de La Chigüaza como elemento articulador. La Chigüaza se ha convertido en símbolo del reencuentro de las personas con el agua, la naturaleza y el espacio público como sujeto identitario.
En muchas conversaciones y relatos emerge con fuerza el sentido de pertenencia al corredor, que lleva el nombre de este elemento geográfico integrador. Algunas personas incluso se reconocen como «Chigüazungxs», habitantes propios de esta zona, aunque también surgen otras maneras de nombrar y sentir el territorio. Mientras tanto, la defensa de los derechos de la quebrada sigue siendo parte central de la agenda comunitaria. Gracias a los esfuerzos colectivos, se ha superado buena parte de las divisiones político-administrativas y rivalidades entre barrios, dando paso a formas organizativas más horizontales y colaborativas.

Del deterioro al espacio común

Aunque la quebrada sigue gravemente contaminada y su cauce se utiliza como basurero clandestino, en muchas zonas de la cuenca media se ha logrado una notable recuperación de los alrededores, con la creación de parques, canchas deportivas y plazas como el Parque Jaime Garzón, cuyos murales y grafitis son expresión viva de la (re)existencia del corredor Cuenca La Chigüaza. Esta lucha también implica presionar al Acueducto de Bogotá, como ente público responsable, para que asuma la rehabilitación total del cuerpo de agua y garantice los derechos de la quebrada.

Una nueva forma de organización y autonomía territorial

Una batalla ganada es que buena parte del tejido socio-organizativo ha logrado superar la visión segmentada y limitada de los propios barrios, abandonando la dependencia de favores políticos o beneficios inmediatos. Las estructuras jerárquicas han sido reemplazadas por redes interconectadas y horizontales, basadas en la reciprocidad y la colaboración. Un claro ejemplo de esta transformación es la Red de Mingueros de La Chigüaza, en la que cerca de diez huertas comunitarias —como la Huerta del Barrio, Newen Maipú, Aula Libre La Chigüaza, entre otras— se apoyan mutuamente en mingas mensuales, fortaleciendo el tejido comunitario.

Cooperación activa

Y tú, ¿qué formas conoces o prácticas que ayudan a cooperar en vez de competir, a compartir en vez de dominar?

Luna ondulante y Notiloma: el territorio que se reinventa

La Chigüaza es un nombre muisca que significa «luna ondulante». Esa luna que se mueve, que respira, se refleja en el cuerpo de agua de la quebrada. Pero hoy, La Chigüaza es mucho más que un cauce: es territorio, identidad, memoria y resistencia. Es un símbolo de la reconstrucción comunitaria y de la historia que se niega a desaparecer. Siguiendo ese espíritu, varios colectivos del territorio han impulsado iniciativas que van más allá de lo ambiental, tejiendo cultura, arte y organización comunitaria. Por ejemplo, el colectivo Épsilon, además del Huerto del Barrio, ha dado vida a la agrupación de batucada La ChigüaTuque, a las novenas populares y artísticas de La Chigüaza, y participa en la mesa local de grafiti, que trabaja en murales con profundo arraigo identitario. De manera similar, desde el Aula Libre La Chigüaza, se impulsa la red de mingas para el trabajo colectivo; se anima al grupo instrumental Sicuris Chigüasur —con sus flautas de caña dulce, herederas de las zampoñas andinas— y se crea el noticiero teatral con títeres Notiloma, donde se abordan temas ambientales y comunitarios desde el juego y la reflexión.

Diversidad con un mismo pulso

Cada grupo tiene su forma propia de hacer, sentir y pensar. Hay coincidencias, pero también diferencias, como es natural en un tejido vivo y autónomo. Sin embargo, lo que todos comparten es un hilo conductor claro y firme, aunque, como la luna ondulante, se mueva al ritmo del territorio: La reivindicación del territorio como sujeto, como identidad auténtica, en plena recuperación. Este proceso, aunque diverso, camina en una misma dirección: reconstruir la relación de las personas con el agua, con la tierra, con la cultura, y con una historia que sigue latiendo en el corazón de La Chigüaza.

Déjanos un mensaje en nuestras redes sociales: comparte tu reflexión, tu experiencia o tu sueño para el territorio. Queremos escuchar tu voz y sumar a esta conversación colectiva.

Mensajes al Futuro

1

La reconfiguración del territorio como portador de identidad cultural nos permite romper el anonimato de la jungla urbana y dejar atrás estereotipos de verticalidad, jerarquía, instrumentalización y rivalidad. Es el amanecer de un futuro deseado, donde el barrio y la comunidad se reconocen y se cuidan.

2

La recuperación de espacios estigmatizados o clausurados desde la iniciativa colectiva y comunitaria es posible. A pequeños veces, una pequeña acción —una siembra, una reunión, una minga— puede ser la semilla de un movimiento profundo de re-existencia. Esta acupuntura urbana puede ser el inicio de la reconstrucción del tejido social y del territorio.

3

Cambiar las rutinas y las formas de relacionarnos reconfigura el poder. La práctica de la minga y de la red de mingueros, con su caravana de reciprocidad, no es solo un modo de trabajar juntos, sino una herramienta para romper lógicas de dominación y tejer horizontalidades.

4

Tal vez ya las estés viviendo sin darte cuenta: desde redes de apoyo mutuo, ollas comunitarias, colectivos artísticos, hasta espacios de trueque o encuentros vecinales. La Chigüaza, luna ondulante, nos recuerda que el cambio empieza con movimientos que se amplifican.
El texto fue elaborado, basado en visitas y caminatas por el corredor socio ecocultural de la cuenca La Chigüaza, y conversaciones con Sebastián Ayala, Stefania Bustos, Sonia Londoño, Leidy Hernández, Laura Moyano, Christian Zuluaga, Felipe Gamboa y otras personas de diferentes agrupaciones y colectivos del corredor de La Chigüaza (Aula Libre La Chigüaza, Épsilon, Huerta del Barrio, Newen Mapu, en el sur de Bogotá, localidad de Rafael Uribe Uribe y UPZ Diana Turbay). La visita en febrero de 2025, acordado previamente con Sebastián Ayala, a quien se agradece por haber recibido y acompañado la visita del Almanaque del Futuro, ha sido realizada por Jorge Krekeler (coordinador del Almanaque del Futuro y facilitador de Misereor por encargo de Agiamondo). Se agradece a las personas y colectividades por su apertura y acogida ante la curiosidad del Almanaque del Futuro.

Autores:

Diseño:

  • Gabriela Avendaño

Fotografías:

  • Sebastián  Ayala
  • Jorge Krekeler

Datos de contacto en cuanto a la experiencia documentada:

Edición:

septiembre 2025

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Autor:
Jorge Krekeler
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