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Art 60. Rutas a la felicidad

Historias de vida rural colombiana que muestran cómo la agroecología transforma realidades. Mujeres y hombres encuentran bienestar y propósito cultivando sin químicos. Esta experiencia campesina colectiva fortalece el tejido social y revela caminos hacia un futuro más justo, en armonía con la tierra y la comunidad.
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Las inspiradoras experiencias de varias personas del campo en el sur del departamento de Santander en Colombia relatan cómo han encontrado la felicidad a través de la agroecología y la vida rural. Sus historias evidencian un poder transformador. Desde la granja agroforestal de Somara Leal, pasando por el compromiso de Salomón León con las prácticas agrícolas sostenibles, el liderazgo de Pilar Useda, lleno de sabiduría y alegría hasta el testimonio neo-rural de Lizeth Zambrano y Jesús Güisa nos acercan a vidas rurales, generando satisfacción y realización en plenitud. La organización campesina regional El Común, con su escuela agroecológica y empoderamiento de la mujer campesina, apoyado por Misereor, fomentando la generación e intercambio de conocimiento es clave en este proceso del cuidado, bienestar y bien común. «Rutas a la Felicidad» ofrece una visión convincente de un futuro más justo y equitativo, arraigado en la armonía con la naturaleza y el bienestar humano.

La sembradora de motivación

Estamos de visita en la finca de Somara Leal en San José Llano, municipio Barichara en Santander. Con la muerte de la madre, su familia de 8 hermanos se desintegró y a Somara le tocó dejar el campo. Con mucha nostalgia, nos cuenta Somara “recuerdo como jugábamos en el bosque y en la quebrada”. Luego de haber terminado su preparación universitaria, Somara vivió diez años en el vecino país Venezuela. Pero la falta de seguridad hizo tomar la decisión a Somara de retornar en 2018 con sus tres hijas a Colombia. Fue entonces cuando vinieron a comprar un pedazo de tierra de apenas una hectárea, un terreno bastante pelado, con muy poca vegetación. Para Somara significó reencontrarse con su pasado. Sus vecinos la invitaron a participar en la asociación Mujer y Vida. Le gustó mucho y cuatro años más tarde sus compañeras eligieron a Somara representante legal del grupo. “Tenía cualidades que estaban dormidas. Trabajar con las personas, trabajar en la naturaleza me da una felicidad inmensa. Mi vida es más feliz ahora; y me encanta visitar las fincas de mis compañeras”, comparte Somara. Ella, además de ser la lideresa de su grupo pertenece a otras agrupaciones campesinas e iniciativas.

Somara, por medio de Mujer y Vida conoció a El Común, una organización campesina que aglutina a varios grupos de base de 3 provincias del sur del departamento Santander. “Conocí la escuela agroecológica y desde entonces no me he perdido ni un ciclo de la escuela”. Se trata de 4 momentos por año donde son tocados temas relacionados con agroecología, producción, fertilidad del suelo, abonos y fertilizantes biológicos, energías limpias renovables y mucho más. “Aprendí muchísimo en estos espacios donde se aprende más desde la práctica que de la teoría. El Común”, explica Somara, “es como una familia. Somos mujeres empoderadas, cuidamos la agrobiodiversidad, las semillas, ahorramos el agua. Mi empoderamiento lo debo a El Común”.

Escucha y encuentra tu rumbo

¿Cuándo fue la última parada tuya para escuchar tu voz interior? ¿Cuál es tu ruta hacia la felicidad? Nunca es tarde para empezar con este ejercicio.

Proyecto de vida

Para Somara no hay duda que su vida ha cambiado del cien por cien. Lo dice de todo corazón cuando, al principio muchas personas que la visitaron en su terreno le advirtieron que la sequía en la zona es brava. Somara empezó a sembrar árboles de sombra y plátanos. “Ha sido bastante trabajo, pero ahora me siento feliz escuchando las aves viendo los insectos polinizadores”. A Somara le encanta investigar, también compartir sus conocimientos y da charlas sobre economía popular. Sus tres hijas ya están trabajando en su profesión o en el caso de las gemelas cursan en la universidad; Sofia estudia trabajo social y Vanesa Bellas Artes. Les encanta el proyecto de vida de su madre, la apoyan por ejemplo con el diseño de etiquetas para los productos de la finca. La Granja El Orquideal, es el nombre que Somara le ha puesto a su terruño, ha alcanzado una enorme variedad de productos y procesados. Miel, café, orquídeas, lechoncitos, huevos, peces, plantas ornamentales y aromáticas, aceites esenciales, vino de maracuyá, piña y mandarina. “Me ha ido bastante bien con la siembra. Después de seis años casi todo el terreno cuenta con sombra de árboles. Con el mulch como cobertura del suelo el suelo guarda más la humedad. Hay personas que me visitan ya que quieren reforestar y les interesa mi experiencia. El secreto en todo esto es probar; cuando una planta sembrada no me dio resultado lo intento de nuevo en un lugar un poco más allá”.

La razón de asociarse

La motivación necesaria, según la experiencia de Somara para que una organización persista en el tiempo, debe surgir desde el interés de aprender y aplicar los nuevos saberes adquiridos. “Si el interés de las personas está en conseguir dinero o atraer proyectos, el grupo tenderá a deshacerse rápidamente”, explica nuestra anfitriona. No le faltan invitaciones, visitas y ofertas para participar; es admirable la apertura y la actitud solidaria de Somara. “Atiendo donde me comprometí primero ya que me gusta cumplir mi palabra. Lo que si tiene primera prioridad es todo lo que tiene que ver con El Común”. Los colegios ya han descubierto el pequeño paraíso agroecológico de Somara. Vienen y observan flores y abejas, de cursos más avanzados trabajan aquí proyectos de aula. Se practican también formas de trueque: plátano por aguacate. “A veces las personas vienen a ayudarme en la cosecha y se llevan colinos de plátanos para sembrar”.

“Todo es un proceso; para dejar de utilizar químicos en la producción es de a poco. Las mujeres empezamos por lo general de sembrar y producir en escala más pequeña. Los hombres tienden a más escala, razón por la cual no abandonan fácilmente la agricultura convencional que trabaja con químicos sintéticos y tóxicos”. Cuenta Somara que hay casos donde mujeres de su grupo luchan con el problema que sus hombres no se abren a prácticas agroecológicas. Pero también hay casos opuestos como Uriel, quien se enamoró del biodigestor, instalado por iniciativa de las mujeres organizadas. Uriel se ha vuelto experto en biogás o producción de abono como es el biol.

No pocos hombres han tenido que visitar a la Granja El Orquideal, viendo los cambios y el bosque de Somara para convencerse. El trabajo en la granja y las actividades en las organizaciones parece que absorbiera las 24 horas del día de Somara: entre atender a los animales de la granja, los cultivos, la destilación de aceites esenciales, el diseño de marcas con etiquetas y envases, tienda virtual y puntos de venta en Barichara, aplicar con proyectos de las organizaciones a licitaciones públicas. Somara nos corrige: “Tres a cuatro veces por semana voy al gimnasio en Barichara porque me da felicidad”.

Siempre me gustaron los grupos

Salomón León, nacido en Agua Fría, vereda que pertenece a Villanueva, un municipio de la provincia Guanenta en Santander se marchó de joven y encontró trabajo en Lebrija, cerca de Bucaramanga, la capital departamental. La construcción de una represa desplazó a Salomón con su familia y decidieron retornar a la pequeña finca de menos de dos hectáreas de su padre. Esto fue en abril 2014. “Años antes habíamos ayudado a mi padre costear los movimientos de tierra para un estanque como reservorio de agua en la finca. Cuando vinimos en 2014, el dinero que nos sobró después del trasteo lo invertimos en plántulas de árboles frutales”. Salomón prestó un dinero y empezó con 120 gallinas ponedoras. Hasta hoy, la producción de huevos es la columna vertebral de la economía familiar. Actualmente hay 400 gallinas produciendo. Salomón vende de forma directa y tiene un amplio círculo de clientes locales. Los frutales de limón y mango complementan los ingresos de la finca. Durante los años de trabajador empleado, Salomón aportó a la caja de jubilación y sigue haciéndolo ahora. Ya le falta poco tiempo para aspirar a una renta de vejez mensual.

Abundancia y transformación

¿Has probado una lectura desde la abundancia en tu proceso de transición hacia nuevas rutinas, más amigables con el futuro? ¿Te animas o, caso dado como te ha ido?

“Siempre me gustaron los grupos, ya desde joven he participado. Pero aprendí también que entre menos gente mejor. Cuando volvimos de Lebrija para instalarnos aquí hicimos resucitar a la organización campesina local que se llama ASORAVILLA”. De noventa personas inscritas, la mitad participa. Esto se debe, según explica Salomón, a que hay muchas personas que aspiran obtener una ventaja material. Pero como esto es difícil de lograr – la organización aplicó muchas veces en licitaciones públicas pero con poco éxito- la gente se desanima. Para Salomón, apoyado por Luz Marina, su esposa, lo atractivo de participar en la organización es aprender y obtener nuevos conocimientos. “Gracias a El Común, a la que pertenece nuestra agrupación local Asoravilla he tenido acceso a los cursos de la escuela agroecológica. Ha sido una gran ayuda. El Común ayudó bastante para que la gente aplique el enfoque agroecológico”. Salomón es una persona que dice las cosas como son. “La escuela aquí en el campo, con las fincas y la práctica como aula ha sido un gran acierto”.

Entre pseudoparticipación y comida sana

“Aquí hay de todo”, relata Salomón con una sonrisa bien simpática. Del consejo de planeación del municipio se cansó Salomón ya que a pesar de que las personas asistan, parece que no se toman en cuenta sus propuestas. En cuanto a la posibilidad de acceder a capital para inversiones, Salomón dice que es difícil llenar los requisitos de los bancos. También le preocupa que a la juventud no le llama mucha la atención buscar su futuro en la agricultura. “Han disminuido las lluvias en la zona; gracias a la laguna que hicimos hace años a nosotros aquí en la finca no nos falta el agua pero en muchas partes la situación es difícil”.

Para Salomón, la agroecología es un gran acierto: “Comemos sano, no gastamos en químicos y no entramos en este círculo vicioso y tampoco acabamos con la fertilidad del suelo. Claro, hay que ir con calma implementando el enfoque y no pensar directamente en grande. Creo que desde la agroecología es factible lograr que los jóvenes desde niños aprecian el campo, contrarrestando el actual riesgo de desprestigiar la ruralidad”.

Alejandra Vargas de El Común, facilitadora agroecológica y de las escuelas reafirma lo dicho por Salomón. “Hay creencias y obstáculos ante la agroecología: temor que baje fuertemente el rendimiento del cultivo, mentalidad cortoplacista, desprestigio del campo, dificultad de vender productos limpios a un precio justo, y jóvenes sin tierra ya que la compra de tierra es cara, hay cada vez más uso no agrícola de la tierra, entre otras”.

Coherencia entre el decir y el hacer

Pilar Useda de la vereda Quitasol del municipio Guadalupe en la provincia Comunera en Santander es una mujer del campo, joven, muy dinámica pero veterana en cuestiones de organización. Lleva 25 años en organizaciones locales de mujeres campesinas y es cofundadora de su agrupación local que abreviada se llama AMAR. Recuerda Pilar: “yo era bastante tímida y aprendí de a poco expresarme y hablar en público”. Hoy es la presidenta de la junta directiva de El Común, organización de segundo grado que aglutina a un número grande de organizaciones de mujeres y familias campesinas del sur santandereano. Pilar contagia fácilmente su entorno con su alegría y energía: “Estoy participando en el cuarto ciclo de la escuela agroecológica de El Común y no quisiera graduarme nunca ya que siempre se aprende cosas nuevas”. La finca de un poco menos de 2 hectáreas la compraron Pilar con su esposo Irenarco cuando ya habían nacido dos de sus tres hijos. Les tocó administrar una finca de terceros y luego trabajar en un vivero para ahorrar recursos para la comprar de tierra propia. Como se trata de un terreno con bastante pendiente, empezaron a construir terrazas, técnica que aprendió Pilar en el marco de un intercambio de experiencias. De paso, en todas las visitas a otras fincas y regiones ha traído plantitas y semillas. Irenarco ha participado de igual manera en espacios de la escuela agroecológica. “De no tener un solo cultivo sino cultivos asociados, de todo un poco es nuestra receta en la finca. En vez de tener una vez mucho preferimos que entre muchas veces algo. Los sábados salgo vienen la mañana a la cabecera del municipio y como la gente ya nos conocen y nuestros productos limpios y sanos, ya a las nueve de la mañana estoy de regreso en casa”. Pilar recuerda cuando instalaron su biodigestor, el primero en la vereda. “No dejé dormir a Irenarco hasta que terminamos de instalar todo ya de noche. Lo que veo y lo que aprendo, lo tengo que aplicar. Y como promotora de mi organización, no podría recomendar algo sin haberlo probado”.

Orgullosamente mujer campesina

Pilar se siente realizada como mujer. “Como mujer puedo realizarme en el campo y sigo soñadora”. Se recuerda de una situación hace ya 22 años atrás. En una reunión de su grupo le tocó hablar a Pilar ante el grupo; estaba al punto de abandonar el espacio cuando Pedro Chacón, un promotor pionero de El Común le animó a Pilar quedarse. A Pilar le llena de satisfacción ver como el enfoque agroecológico y la economía del cuidado, practicada por las mujeres en sus familias, ha generado bienestar, soberanía alimentaria y felicidad. La economía de la familia consiste en los 120 productos de la finca, respaldando también los estudios universitarios de los dos hij@s mayores. “Para necesidades financieras hemos logrado conformar un grupo de auto-ahorro. Empezamos con un capital semilla de 200.000 pesos y hoy estamos en 4 millones [equivalente a mil dólares], facilitando préstamos entre nosotr@s”. Pilar cuenta que su organización ha trabajado mucho el tema de la integración de las próximas generaciones. Hay jóvenes que descubren su futuro en el campo. Como organización local ofrecen para sus hijos menores cursos de música, once niños tienen su propios instrumentos y actualmente hay un curso de pintura.

Neo-ruralidad enganchada

Jesús Güiza y Lizeth Zambrano han vivido toda su vida en la ciudad, trasladándose en algunos momentos por el trabajo de Jesús pero han tenido una vida netamente urbana. Cuando Jesús se jubiló hace 7 años, al principio pensaba comprar un taxi y trabajar como taxista. Jesús necesitaba una nueva tarea y no la encontraba. Sacaba a las mascotas 4 veces al día a la calle, por puro aburrimiento. Cuenta Lizeth, la esposa de Jesús: “Queríamos un cambio en la vida y lo encontramos”. Hace seis años, la pareja sin haber vivido antes en el campo, compraron una finca y se trasladaron a vivir a la vereda Moravio en el municipio de Confines. Lizeth conoció mediante sus vecinas a la agrupación ASOMUC que aglutina a mujeres rurales del sector y que a la vez forma parte de El Común. Lizeth se ríe cuando cuenta una anécdota: “Vino Marta mi vecina para ayudarme ya que deshierbando no lograba distinguir entre lo sembrado y la hierba”. De las vecinas Lizeth aprendió a hacer su propia huerta. Coinciden los dos: “No hay envidia de compartir los conocimientos. La agrupación local y El Común nos ayudaron mucho para amañarnos”.

“La facilidad del consumismo de la ciudad no nos llenaba”, recuerda Jesús. “Mi familia había tenido una finca de cacao; pero nosotros queremos que la finca nos autoabastezca. En nuestro caso, la curiosidad y las ganas han podido más que el miedo”. Lizeth hace poco estuvo por una semana en Bucaramanga y contó las horas para poder retornar a la finca. Ella pesaba 90 kilos cuando vinieron a vivir al campo. Hoy tiene 20 kilos menos y se siente mucho mejor a pesar de algunas enfermedades. Varios de los familiares de Lizeth y Jesús les decían que no lograrían acostumbrarse a la vida en el campo. Después de seis años son los primeros en venir cuando la pareja invita a comer un sancocho en la finca, todos los ingredientes producidos en la finca. Lizeth y Jesús han logrado algo enganchando en la ruralidad y convertirse en vigilantes de su propia felicidad.

¿Qué otros consejos aplicas tú para encontrar y seguir las rutas hacia tu felicidad? ¡Déjanos un mensaje en nuestras redes sociales para compartirlo con la comunidad!  

Mensajes al Futuro

1

El testimonio de Somara cuando dice ‘Mi vida es más feliz ahora’ debería animarnos a tod@s hacer un alto en el camino de nuestras vidas y escuchar nuestra voz interior. Somara ha hecho esto con el resultado de encontrar una ruta a la felicidad.

2

Salomón rescata con mucha claridad las bondades como también los riesgos en torno a participar en grupos. Acceder a nuevos saberes y el uso de los mismos es la ruta más acertada para Salomón.

3

Realizarse como persona y como mujer en el campo es el testimonio de Pilar. Irenarco complementa que es preferible tener de mucho poco que de poco mucho. Son hechos y saberes construidos y vividos en la ruralidad, con una lógica que parte de la abundancia imaginativa en vez de la escasez tan mentalizada.

4

Somara, Salomón, también Pilar, han tenido que migrar a la ciudad para luego retornar y encarrilarse en sus rutas hacia la felicidad. Lizeth y Jesús no retornaron sino dejaron la ciudad para convertirse en neo-rurales. Lo que tienen en común es ser vigilantes de su felicidad.
El texto fue elaborado, basado en conversaciones con Sara Alhumcema, Alejandra Vargas, Mayerli Achila, Jenny Paola Ardila y Tatiana Pinilla de El Común en San Gil (El Común es apoyado desde hace muchos años por Misereor / Alemania) y visitas a Somara Leal en San Jose Llano / Barichara, Salomón León en Agua Fría / Villanueva, Pilar Useda con su familia en Quitasol / Guadalupe y Jesús Güiza y Lizeth Zambrano en Moravio / Confines. Las visitas en septiembre 2024 realizaron Javier Jaramillo (integrante del Consejo de Complicidad del Almanaque) y Jorge Krekeler (coordinador del Almanaque del Futuro – facilitador de Misereor por encargo de Agiamondo). Se agradece a cada una de las personas visitadas y sus familias por su tiempo, interés, confianza y cálido recibimiento del Almanaque del Futuro. Un agradecimiento especial a Sara, Aleja, Mayerli, Jenny Paola y a las demás integrantes del equipo de El Común por su apoyo y acompañamiento durante todas actividades. A Javier Jaramillo las gracias por hacer equipo y soñar juntos.

Autores:

  • Jorge Krekeler | jorge.krekeler@posteo.de
  • Javier Jaramillo | jjaramillo18@hotmail.com

Diseño:

  • Gabriela Avendaño.

Fotografías:

  • Javier Jaramillo
  • Jorge Krekeler

Datos de contacto en cuanto a la experiencia documentada:

Edición:

junio 2025

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